Mis primeros años felices

La mayoría de los padres piensan que durante los primeros años de vida los niños no se enteran de nada. Es sin duda el primer y mayor error de la vida por parte de padres, docentes y cuidadores porque condiciona mucho el futuro de la siguiente generación. Por ejemplo, cada uno de los instantes durante los primeros seis meses de vida de un bebe condicionan su evolución, cuando aún su conciencia es compartida con la madre, las discusiones de los padres, la sensación de abandono, el contacto, las sonrisas, las miradas, los cánticos, los juegos, etc. Los tres primeros años de vida son los más significativos e importantes de las personas. La ansiada felicidad de la que tanto hablamos durante los 80 o 90 años restantes depende  fundamentalmente del entendimiento de la felicidad y no tanto de la felicidad en si. Es vital entender que los niños aprenden por imitación y ejemplo para después adaptar cada vivencia a si mismos. Los referentes más fuertes en esta etapa por supuesto son los padres.
¿Qué quiere decir esto?
Pues algo tan sencillo como que el niño no solo se nutre de leche, papillas, jamón york y fruta.
 El niño principalmente alimenta de lo que ve y siente, de lo que escucha y como lo escucha. Durante los primeros dos años el desarrollo del hemisferio derecho (el emocional) se desarrolla hasta cuatro veces más que el izquierdo (racional) Cuando comienza a hablar a preguntar y a preguntarse cosas se invierte, entonces el hemisferio de la razón comienza a realizar más conexiones entre neuronas. La mayoría de estas conexiones al igual que el aprendizaje comienza desde el amor, y se convierte a través de un proceso neurológico en algo  fisiológico. La madre con su ternura, posturas, sincronismo y sin saberlo amamanta el aprendizaje y participa en la elaboración de estos nuevos caminos o autopistas de electricidad y química, de la unión de los axones, después en mayor media es el referente masculino por su racionalidad el que estabiliza estas autopistas o caminos ya aprendidos haciendo que se recubran de la mielina necesaria para cuajar el aprendizaje para que la información fluya estable. De ahí viene el hecho de que los niños aprenden por amor pero no hay que olvidar que lo que comienza con un proceso emocional termina grabándose en el neocortex casi indefinidamente tanto en positivo como en negativo. Jamás conseguiremos que un niño autosuficiente e independiente capaz de buscarse a si mismo y de ser resiliente en el futuro si le sobreprotegemos porque aprenderá desde el miedo y con multitud de nuestros condicionantes, al igual que jamás conseguiremos un hijo feliz si nosotros no lo inculcamos. Para que esto sea así tenemos la obligación de entender este proceso y buscar la felicidad desde las cosas simples y sencillas nunca desde el materialismo que nos quieren imponer esta sociedad de consumo. Esto quiere decir que es nuestra responsabilidad querer e intentar desde el entendimiento invertir los procesos. A menudo queremos que nuestros pequeños no pasen las calamidades que nosotros pasamos y es algo lógico ya que el amor nos hace ver que el sufrimiento es negativo en toda su extensión, y por desgracia esto no es del todo cierto ya que aprendemos quizá más desde el sufrimiento/pausa y toma de conciencia que desde el “todo es fácil y me viene dado y masticado”.

 En conclusión tenemos que ser conscientes de que nuestros pequeños son personitas, no nos pertenecen, son un regalo de aprendizaje de amor incondicional, no podemos pretender hacer de ellos extensiones de nosotros mismos y muchísimo menos presentarles la vida como un camino sin esfuerzo.

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