LA ÚLTIMA VUELTA
Suena la campana de última vuelta. La carrera de la vida consta
de tantas vueltas que ya no llevamos la cuenta, pero hoy sonó la campana. Es la
última vuelta.
Vivimos en un mundo de quejas y lamentos. Quejas sometidas y
justificadas por lo que el otro piensa, hace o juzga. Qué manera de vivir es
ésta en la que lo importante es lo externo. Esta vida en la que la felicidad
individual tiene sus cimientos en ese noventa por ciento que no depende de uno
mismo sino de factores incontrolables. En qué tipo de vida nos estamos
hipotecando en la que lo importante es lo tangible: casa, posición, coche,
rebajas, compras, marido o mujer, hijos y por supuesto trabajo. Y todo es
importante, pero en su justa medida. ¿Acaso una flor sin un solo pétalo ya no
es flor? ¿Y yo? ¿Qué lugar ocupa uno mismo en esta estructura cuadriculada de
absurda felicidad condicionada? ¿Acaso es difícil entender que sin tener no
puedo aportar, sin plenitud no hay posibilidad de cuidar, mimar y dedicarnos a
los que amamos? ¿Tan difícil es de entender? Nos centramos en el final no en el
recorrido, y así nos va.
Pero no voy a ser tremendista, ¡no!, me niego. Ya pasó la época
de serlo, ya no toca ni funciona. No es momento de taladrar al mundo con
mensajes de desidia. Esta última vuelta será la de encontrarse a sí mismo. La
de llegar al comienzo cada día al despertar con la experiencia y el
aprendizaje, entendiendo que todo hace medrar y que a través de entender,
observar y hacer o saber no hacer, comienza, sin nunca terminar, la rueda de la
vida. Una vida en la que, aún cuando ya no estemos, habremos dejado un legado a
los nuestros y ha de ser positivo.
De todos es sabido que por mucho que nos empeñemos, todo pasa,
desde un simple catarro hasta un fallecimiento, desde un accidente a una
ruptura, desde la noche oscura de vida hasta la meditación más profunda. De
tratar de entender y de comprender lo incomprensible se alimenta la búsqueda,
algo necesario para encontrarse y entenderse, pero que llevado al extremo nos
pierde en el abismo.
Hoy quiero hablar de una solución que gira, una solución imparable y de la que somos dueños al ciento por ciento, por encima de creencias y dogmas. En la vida solo se recoge lo sembrado, nos pongamos como nos pongamos. El odio genera odio, la apatía malestar y el amor nos trae amor. Este domingo he tenido una prueba de ello y a esas personas que traté con amor les dedico este post desde el amor sin condición. Cierto es que en ocasiones cuando tratas de hacer entender a alguien cómo la vida te trata en función de lo sembrado, el ego sólo les deja ver el frente, no la visión tridimensional y muchísimo menos hablar de conciencia colectiva, ni tan siquiera dentro de uno mismo.
De todos es sabido, siendo sencillo de entender, que si por
ejemplo sonrío y deseo buenos días a alguien, o si al entrar en el bar
sostienes la puerta a un desconocido, éste se siente mejor, con suerte el hará
lo mismo con un tercero y… ¡eureka! La rueda de la vida gira en positivo. A su
vez sucede que uno mismo también siembra esa tendencia y, como cualquier
proceso neuronal, hace crecer y madurar en el sentido en el que se trabaje el
cerebro. Este simple ejemplo es la base fundamental del cambio en positivo. El
egoísmo nos hace pedir e incluso exigir en el día a día las mismas cosas que
somos incapaces de dar o manifestar para con los demás. Estos procesos cargan
las neuronas de conexiones digamos “erróneas”, lejos del altruismo y la
compasión tan necesaria para hacer de este mundo algo mejor.
Si una persona consigue hacer algo por otra desinteresadamente,
por pequeña que sea, provoca una cadena imparable de agrado y empatía. La
tendencia por desgracia es egoísta; si yo te hago un favor, si te doy, si te
dedico una simple sonrisa, necesito imperiosamente que sea reciproco y por
supuesto en ese mismo instante, sino es así no habrá más sonrisas. La bondad no
funciona así, funciona mucho más aleatoria y cuánticamente. El amor verdadero y
sin espera es el que engrandece el interior, así como el condicionado y
exigente engrandece el ego llegando en suma a achicar y empequeñecer a la
persona. En realidad el sentimiento de vació de la gente es un cúmulo de amor
egoísta a las cosas, hechos y personas, basada en el apego.
El secreto no es otro que practicar lo anteriormente escrito. No
de su comprensión, sino de practicar y practicar, hasta que
realmente las nuevas conexiones neuronales sean estables y de caminos pasen a
autopistas, relegando los anteriores caminos y carreteras comarcales y locales
al olvido. Así desaparecen o sencillamente se sustituyen por el nuevo
aprendizaje basado en el amor verdadero.
Y es que esta última vuelta no tiene final; el comienzo es el
fin. Cabemos y tenemos que estar todos.

