QUERERSE POR QUERER, y construir
Todo en la vida es cambiante, nada es duradero y estable. La
incertidumbre, así como el sentimiento de vulnerabilidad, se van apoderando de
las personas. La gente a través de movimientos sociales que han ido apareciendo
en los últimos tiempos demanda otra estructura social más equitativa. Un modelo
donde las desigualdades, si bien no desaparezcan, sí que lo hagan en la medida
posible y renueve este modelo donde el mundo de la compraventa de todo,
material e inmaterial es la norma. Cambiarlo por un modelo en que el individuo
esté por encima del dinero y el poder, donde lo que fue un tópico “tanto tienes
tanto vales” que hoy es realidad, desaparezca o al menos donde ese “tanto
tienes” pase de lo material a lo personal y riqueza interior. Esto, si bien
puede tener sus comienzos en movimientos de protesta, no puede alimentarse de
ella, así como la intención y las palabras no son suficientes. Un cambio libre,
limpio y estable requiere de nuevos “valores”, nuevos modelos de pensamiento y
un uso apropiado, altruista y compasivo de nuestra bendita inteligencia.
Nos movemos cada vez más
en un “lo quiero todo y lo quiero ya”. No se profundiza en apenas nada,
quedando de nuevo en la superficie y en el consumismo inconsciente, llegando a
llenar el vacío personal con objetos y servicios carentes de sentido, de
consumo compulsivo en la mayoría de los casos. Valoramos a las personas por el
poder y lo que consiguen o pueden conseguir materialmente, no por sus
capacidades, ni mucho menos por su integridad u honestidad, no por ser buenos
padres, vecinos u amigos, ni tan siquiera por un valor como profesional, sino
por el estatus y poder que se consigue gracias a tal profesión o cargo.
La vida no tiene certeza
ni seguridad, nunca lo tuvo. La única tranquilidad real puede ser, en verdad,
la buena gestión de las emociones, el estudio personal e intelectual y la
renovación de capacidades personales y profesionales.
En la sociedad actual
hay una apatía e insatisfacción manifiesta, permanente y creciente. La depresión
está ligada a la inseguridad personal, va en aumento en esta sociedad caduca
del “bienestar consumista”. El aumento de las depresiones está en torno
al 100% cada década. Esto supone que en el año 2025 una de cada cuatro personas
tendrá depresión profunda. Esto es un hecho constatable y algo tenemos que
hacer.
¿Cómo paliamos hoy esté
desánimo? Consumiendo, comprando, gastando millones de euros y dólares en cosas
que arrinconamos en poco tiempo o que si bien creemos indispensables, sabemos
que no lo son, mas bien innecesarias. Cosas que nos satisfacen el impulso de relleno del vacío creado por
esta misma sociedad, que nos convenció de que sin cosas no somos nadie ni
tenemos valor personal. Triste visto así, ¿verdad? Esto nos resta capacidades y
valor de nosotros mismos.
“Me
encuentro vacío, deseo, compro, soy lo que tengo”. Este pensamiento taladra y
retumba en millones de personas, cada vez más en niños y adolescentes.
Llegamos e incluso a manipular a quienes tenemos alrededor, a los que más
amamos, para así conseguir cosas; y cuando esta rueda gira y gira, los ricos
cada vez son más ricos y los pobres cada vez más pobres. Nos han creado y
condicionado con la necesidad equilibrada para una sociedad desequilibrada, y
es lo que tenemos. Esto nos está llevando a una demanda de los recursos de
nuestro precioso planeta desmesurado, y que de no parar la supervivencia en
unas generaciones está en riesgo y será dudosa.
Todo esto se orquesta y
maneja por los grandes poderes económicos: industria agroalimentaria, industria
farmacéutica y banca, que globalmente ya manejan como autenticas
marionetas a políticos y la política de nuestros países. Alimentan las
enfermedades a través de una industria agroalimentaria lejana de la salud,
llena de químicos que van creando nuevas enfermedades como la fibromialgia,
síndrome de fatiga crónica o la sensibilidad química múltiple, sin hablar de
los procesos de cáncer u enfermedades como el alzhéimer o esclerosis múltiple,
y otras enfermedades inventadas para nuestros pequeños con bases dudosas, como
el déficit de atención o la hiperactividad, alergias mil que antes ni existían.
Todas ellas por suerte y desgracia son con las que he lidiado durante años en
mi trabajo. La lista es larga y no quiero hacerme mala sangre, sino ayudar a
limpiarla. Estas enfermedades con objetivo crónico sin cura requieren
medicamentos de por vida. No hay más que ver a nuestros mayores y no tanto, ¿acaso
hay alguno que no requiera medicación? ¿Cuántos conocidos tenemos que su
ingesta de medicamentos es más importante que la de alimentos, hacer ejercicio
o simplemente reír?
Tenemos que pensar desde
ya en los que vendrán, en los que están, en nuestros pequeños y en sus nietos,
en cómo gestionar esta situación actual; son ellos quienes pueden sacarnos de
este modelo inservible. Y no hay grandes soluciones. El cambio es individual, como
lo es la toma de conciencia; ser ejemplo individualmente y no mermar las
capacidades innatas de esos “locos bajitos” que han de tirar del carro de la
vida en no demasiado tiempo. Bendita
locura la de los niños que no ven límites.
La cultura del compartir
y del amor al prójimo depende de nuestro modelo como adultos y padres. No se
trata de enseñar inteligencia emocional a los pequeños, sino de aprenderla los
adultos en compañía de los pequeños, para así tener la capacidad de no mermar
las capacidades y de ser modelos resilientes ante las circunstancias y momentos
de crisis. No sabemos afrontar las crisis porque el modelo nos invita a que así
sea. Es lo que interesa, que sigamos dormidos y sin capacidad para hacer cosas.
La familia dejó de tener
el peso que requiere. Las separaciones y rupturas han pasado a ser la
normalidad. También la sociedad tiene que amoldarse a las nuevas estructuras
familiares, y si en realidad el ideal de la mayoría de las personas es el de la
familia unida, tratar de entender qué sucede con esto. El trabajo, el
consumismo y los erróneos paradigmas nos hacen buscar muchas veces fuera esta
felicidad que solo se consigue en el ámbito familiar, donde los amigos también
son familia. Nada llena las relaciones personales. Si no me vale, cambio y
busco llenar mi vacio con otra pareja. Somos intolerantes porque no nos
toleramos a nosotros mismos, llegando a exigir lo que no tengo: capacidad de
dar. Cambiado el modelo seguro que incidimos directamente en un sistema donde
la familia tenga el peso que corresponde, donde el amor a la misma sea
incondicional y dispuestos a trabajar para entenderse desde el respeto, la
individualidad y el amor sin manipulación.
La capacidad de amoldarse,
de adaptarse a los rápidos cambios de la sociedad y el trabajo es lo que hay
que enseñar desde las escuelas y hogares. La pregunta es: ¿estamos los padres y
docentes preparados para ser modelos y enseñar el nuevo paradigma a las nuevas
generaciones? Posiblemente no y si es así tenemos la obligación de prepararnos
en este sentido para dejar un buen legado.
Este cambio social tan
necesario, requiere de una toma de conciencia y un trabajo personal e interior
grande: tenerse para dar, y con muchos poquitos tener un mucho o un todo
global. Aprendamos a decir ¡no y hasta aquí!, para construir después. Trabajo personal para un desarrollo colectivo
en busca de una felicidad real, de entendimiento de lo sencillo, donde el
valor de la persona esté por encima de lo material. ¡Claro que es posible! Somos muchos ya los que trabajamos en ello y
seguro, lector, que si ha llegado a tus manos esto, estamos en la misma
dirección, cada uno con su día a día. No hay formulas mágicas ni grandes
pirámides que construir; cada cual su ladrillo y entre todos dar forma a la
casa de los sueños: un mundo mejor.
Carlos Carrión
Coach personal y de la salud.
www.escueladeinteligencia.com
